A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta de arena no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tu no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya pasado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

Haruki Murakami – Kafka en la orilla

Como si de esta tormenta de arena se tratatara se pueden acontecer algunos de los procesos de duelo que estamos viviendo en estos días de confinamiento.

No sólo estamos perdiendo a nuestros familiares, abuelos y padres en muchos casos, o a nuestros amigos; sino también nuestros trabajos, algunas relaciones, nuestras rutinas y muchos de nuestros planes sobre el futuro.

El que se iba a casar en estas fechas y no ha podido, la que iba a sacar un single y no lo ha hecho, el bailarín que se iba de gira en la ‘gran oportunidad de su vida’ que finalmente no ha tenido lugar, la que se ha dejado una conversación pendiente con alguien con quien no contacta…y sobre todo, por desgracia en numerosos casos, quienes no hemos podido decir adiós a nuestros seres queridos en su último suspiro.

Y piensas, ¿cuál fue la última vez que le vi? ¿qué es lo último que le dije? ¿y él/ella a mi? ¿cómo se sentiría al saber que se marchaba? ¿acaso lo sabía?…¿sabría que aún sin estar con él siempre lo estaremos?

Y piensas en bucle y dudando y cuestionando y rumiando una y otra y otra vez. Y luego dejas de pensar, porque el cuerpo te obliga y tu mente pide descanso y te invita a evadirte con el movil, con algun juego, alguna peli o serie o algo accesible y a mano con lo que no pensar. Y luego te acuerdas. Y casi casi que se desdibuja la realidad y ya no sabes qué parte de ti sigue contigo o perdiste con el adiós, ni siquiera si has logrado entender o decir ‘adios’.

Al fin y al cabo olvidar es algo parecido a poder recordar; cuando acepto una pérdida procuro y doy espacio para que algo nuevo llegue y me cambie, y termino entendiendo que aquello que extraño corresponde al terreno del ayer, habitado casi siempre por alguien parecido a mi que no es exactamente ‘yo’, tal como soy aquí y ahora.

De algo parecido hablan religiones y filosofías al afirmar que ‘el adiós no existe’. La dificultad que a veces tenemos y el dolor que a veces sí experimentamos al intentar o aprender a decir adiós sí existe; nuestro apego nos impide soltar la imagen del ser querido, el vínculo que sentimos y nuestra manera de cuidarlo hasta ahora nos invita a no abandonar jamás los recuerdos, el pasado, a no dejar ir a quienes éramos mientras compartimos ese tiempo que ya fue. Aunque la realidad sea que ya se haya ido, y seamos nosotros quienes debamos entender y aceptar el movimiento para poder adaptarnos y seguir hacia delante.

Si se pronuncia entre dos seres
que nunca se encontraron,
es una palabra innecesaria.

Si se dice entre dos que fueron uno,
es una palabra sin sentido.

Porque en el mundo real del espíritu
sólo hay encuentros y nunca despedidas,
y porque el recuerdo del ser amado
crece en el alma con la distancia,
como el eco en las montañas del crepúsculo.

Khalil Gibran

Sin ser mi intención teorizar sobre el adios, el recuerdo y el olvido o en sí y en profundidad sobre el proceso de duelo; quisiera nombrar algunas indicaciones que considero pueden ser de utilidad a la hora de afrontar un proceso de duelo durante este momento de confinamiento, aislamiento y distancia social debido al COVID-19.

Las personas solemos realizar mediante RITUALES ejercicios simbólicos que nos ayudan a decir adiós, a despedirnos y a sentirnos conectados con lo que hemos perdido y con las personas que nos acompañan en esa pérdida y pueden apoyarnos y entendernos en el proceso. Por ejemplo los funerales, entierros, velatorios, reuniones…

Vamos a observar de que manera podemos recrear algunos de estos rituales desde nuestras casas:

RITUALES INDIVIDUALES

Hay muchas cosas que podemos realizar, y a más personalizadas estén más significado tendrán para nosotros.

Podemos escribir una carta o un dibujo dedicados aquello que perdimos o la persona que se fué. También se puede destinar un espacio de la casa para el recuerdo, donde podemos plantar alguna semilla que vayamos a cuidar y honrar diariamente, o donde podemos colocar fotos o a donde podemos acudir a recordar y contar o compartir anécdotas, a llamar a nuestros familiares, a cantar o escuchar música que nos gustaba escuchar juntos o que nos transporta a nuestro tiempo con aquella persona o su recuerdo.

RITUALES SOCIALES

Las nuevas tecnologías nos permiten reunirnos con nuestros familiares o las personas que conocían a la persona que falleció y podemos generar con ellas despedidas sociales a distancia por llamada o videollamada. Podemos hablar sobre los recuerdos en común que tenemos con la persona, batallitas que recordamos, leer en grupo algo que le hayamos escrito, compartir lo que sentimos sobre y tras su pérdida…En definitiva sentirnos conectados.

EL PROCESO DE DUELO

Como cualquier proceso, requiere de PACIENCIA, TIEMPO, PERMISOS y CUIDADOS.

Siempre hemos escuchado esto de “el tiempo todo lo cura”, con lo cual yo personalmente muchas veces me he tirado de los pelos. “¡Pero si ya está pasando tiempo!” cuando lo que quería decir era: “aún no está pasando lo que quiero que pase”. Bien sea por el propio paso del tiempo o por lo que hagamos con él, que creo que son las dos caras de la misma moneda, lo importante en mi opinión es encontrar un equilibrio entre aceptar las cosas que vienen y no podemos cambiar y así mismo ser proactivo y sembrar lo que mañana queramos recoger.

“Love is a verb”, dice una canción en inglés; “el amor es un verbo”; pues bien, el duelo también lo es. Es un proceso complejo, prolongado en muchas ocasiones, muy difícil en otras…y diferente siempre en cada circunstancia y para cada persona. Además sumemos a todas estas variables la situación de pandemia mundial que vivimos y a cuyas medidas aún nos estamos adaptando como individuos y como sociedad.

Lo último que necesitamos frente a la experimentación de sentimientos dolorosos y de sensaciones desagradables es juzgarnos por ellos. La respuesta ante esto que ocurre durante los procesos de duelo ha de asemejarse a la que procuraríamos tener con cualquier ser querido a quien queramos acompañar (sí, a veces vemos más claro el cómo tratarnos con paciencia y cariño y respeto imaginando cómo lo hacemos con otros o cómo nos gusta que otros hagan con nosotros).

Relajemos la autoexigencia y el juicio, esa parte RÍGIDA de nuestra psique y nuestra emocionalidad aparece para protegernos, y agradecemos su función, pero tiene que poder permitirnos caminar por las fases dolorosas del proceso sin culparnos, sin castigarnos por ello y sin desear para nosotros nada que no sea aceptar e ir procesando la pérdida y la tristeza.

Si te encuentras en un proceso de duelo te invito a cuidarte, a dedicarte tiempo y mimo y a no intentar única y exclusivamente entender lo que ha ocurrido fuera y en tu interior con respecto a la pérdida. En ocasiones puede no entenderse o la explicación tarda demasiado en llegar…tu felicidad y tu salud es más importante que tener razón y dar con la justificación y la lógica del dolor.

Si aun así y con el tiempo no te vas mejorar y sientes que te supera o no sabes cómo afrontarlo, quizás puede ser bueno que contactes con un especialista que te ayude a realizar todo el proceso de duelo a tu manera, en estas circunstancias tan particulares de confinamiento. Esa persona puede acompañarte y juntos podéis llevar estos asuntos a un proceso de terapia que te ayude a estar mejor.

Texto: María Martín.